SANTA FAUSTINA KOWALSKA,

campesina polaca contemporánea, luego monja.

 

“No haré nada, Jesús, nada por mí misma, sin antes consultarte a Ti, mi Maestro. Te dejo completa libertad para que dirijas mi alma. Guíame a través de los caminos que Tú desees. Te seguiré confiadamente. Tu corazón misericordioso puede hacer todas las cosas”.

A través de la historia del hombre y de la mujer en la Tierra, siempre han existido crisis de naturaleza espiritual, social o política que han amenazado al ser humano.

Dios, en su infinita misericordia, ha dado visionarios para ayudar que las gentes sobrevivamos a esos acontecimientos.

Han existido infinitos:  Francisco de Asís, Catalina de Siena, Juana de Arco, Margarita María de Alacoque,  Bernadette, Teresa de Jesús,  Teresita del Niño Jesús, los niños de Fátima, Ignacio de Loyola, Francisco Javier, ...

Cuando Hitler asciende al poder, el mismo Jesús se manifiesta y aparece repetidas veces a una sencilla campesina polaca.  Su país fue el primero invadido por el dictador en sus ansias de poder, de dominio y manipulación sobre todas las demás naciones del mundo.

Faustina nace en el año 1905 en un pueblecito de Polonia.  Tercera de diez hermanos ingresa muy joven en la Congregación de la Madre de Dios de la Misericordia, en Varsovia.

Desde ese momento experimenta prácticamente a diario grandes experiencias místicas que sirven de cauce para anunciar en aquellos momentos de preguerra y luego ya de Guerra Mundial, el manifiesto de la Misericordia de Dios.

Su estancia en el convento no fue nada fácil.  Incomprensiones, envidias, recelos de algunas de sus compañeras de vocación hicieron de su vida un gran sufrimiento.  Sólo el consuelo del Corazón de Jesús sirvió de sustento a su alma, enamorada y prendada de Aquel que dio su vida por todos.

Después de 13 años dedicada al Señor, fallece extenuada en 1938 a los 33 años de edad.  Es canonizada por Juan Pablo II en el año 2000.

Uno de los mensajes más impactantes recibidos de Jesús es:  La desconfianza de las almas me hiere profundamente, y lo que me duele más es la poca confianza de las almas escogidas, el mal trato que esas personas se dan unas a otras, las críticas y  comentarios destructivos que entre ellas existen.  Ni mi muerte por ellas basta para convencerlas de coger el camino de la paz y de la reconciliación”.

Merece destacar, aunque sea tan solo una breve parte, el intercambio de  frases de amor entre Jesús y Faustina a lo largo de esos 13 años.  Ojalá que las palabras del Señor recogidas por ella toquen todos y cada uno de nuestros corazones y nos llenen de paz, confianza, serenidad, humildad, tolerancia y auténtica capacidad de ser justos con nosotros mismos y con el resto de las personas que con nosotros se relacionan.

La Hermana Faustina estuvo, y  ya de seguro está ahora, muy cerca de Dios.  Merced a su Gracia tuvo gran fortaleza para sobrellevar tanto sufrimiento.

Ella gustaba decirle a su amado Jesús:  Te ruego Señor que dirijas por completo mi alma. Quédate conmigo. Estoy completamente sola, despreciada, recibiendo constantes ofensas que me hacen sentirme nada”.

No deseo ser premiada nunca por mis esfuerzos y mis buenas acciones.  Tú mismo Jesús eres mi único premio. A través del sufrimiento el alma se hace como la del Salvador. En el sufrimiento el amor se cristaliza. Mientras más grande el sufrimiento más grande el amor”.

“No permitiré ser absorbida por el torbellino de trabajo hasta el punto de olvidarme de Dios. Permaneceré todo el tiempo a los pies del Maestro y el tiempo libre iré a verle al Sagrario”.

“He sufrido mucho con los comentarios de las monjas de mi convento. Una de ellas me ha dicho muy airada:  «Tú, extraña, visionaria histérica, vete de aquí que no te vea nunca más»”.

“Jesús, Jesús, ¿cómo puedo mantenerme en pie cuando soy tan incomprendida?  ¿Es ésto una recompensa a mi lealtad y sinceridad?  Jesús, Jesús, ¡ya no puedo más!”.

El Señor la reconfortaba en su dolor. 

No tengas miedo.  Yo estoy contigo”.  “Debes mostrar misericordia al prójimo siempre y en todas partes.  No puedes dejar de hacerlo, ni excusarte, ni justificarte”.  “No temas, no te dejaré sola”.

Te consideras débil, floja, miedosa, pero desde hoy harás con más facilidad todo, pues Yo te fortaleceré”.

“Tú no estás viviendo para ti, sino para las almas, y otras almas sacarán provecho de tus sufrimientos”.

“Tu sufrimiento prolongado les dará a ellas la luz y fortaleza para aceptar Mi Voluntad”.

“Mi Amor no engaña a nadie”.

“Dibuja una imagen mía según la visión que ves con la inscripción:  Jesús, yo confío en Ti.  Yo deseo que esta imagen sea venerada, primero en tu capilla, luego en el mundo entero.  Yo prometo que el alma que honrare esta imagen no perecerá.  Tendrá victoria sobre sus enemigos aquí en la Tierra, pero especialmente en el día de su muerte.  Yo, el Señor, le defenderé”.

“En tus sufrimientos físicos y mentales no busques la compasión de las criaturas”.

“Deseo la fragancia de tu sufrimiento para que seas pura, alejada de las pasiones.  Despréndete de las ataduras, de las apetencias de los sentidos.  El diablo y tu mente te dirán que todo es lícito.  El pecado te hará débil y vulnerable a cualquier ataque y dificultad”.

Y así un interminable rosario de intercambios entre el Corazón amado y Faustina.  Sus éxtasis prolongados en la presencia del Señor dieron lugar a un manuscrito de incalculable valor para la oración personal, la meditación y la transformación de la vida.

Eso es lo que anhelaba Faustina. Pese a rechazos, malentendidos, desprecios, incomprensiones, desolaciones, soledades, nunca perdió el horizonte de lo que todo eso representaba para ser  cooperadora a la obra salvadora y redentora de Dios.

Ayúdame, oh Dios!,  era su oración predilecta,  para que mis manos sean misericordio-sas y llenas de buenas obras, para que sólo haga lo mejor a mi prójimo y asuma sobre mí las más difíciles y fatigosas tareas. Ayúdame para que mis pies sean misericordiosos, para que acudan a ayudar a mi prójimo, venciendo mi propia fatiga y cansancio.  Mi verdadero descanso está en el servicio a mis hermanos”.

A ésto solo cabe decir «Amén».  Un Amén franco, rotundo y profundo que salga de todos y cada uno de los corazones de todos los que ansiamos una vida mejor para este mundo y un descanso feliz y eterno cuando lo dejemos y podamos estar en la presencia de nuestro Dios. 

Que El en Su Misericordia y Amor infinitos nos bendiga a todos para ser mejores, más comprensivos, más tolerantes, más pacientes en el vivir del día a día.

José Ramón González